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[Junio 25 de 2012] Cómo vivir sin aire acondicionado

El aire acondicionado es uno de esos lujos convertidos en auténtica necesidad. La tecnología del aire acondicionado ha hecho habitables lugares que nunca lo habían sido, como Phoenix o Florida. Pero también los ha hecho dependientes de un enorme consumo energético.

Esta tecnología, que apareció comercialmente a mediados del siglo pasado, parece haber relajado la ambición de los arquitectos, que ya no tienen que preocuparse por cuestiones como el comportamiento térmico de un edificio: basta poner un acondicionador de aire y ya está todo solucionado. Pero, ¿siempre ha sido así?

Un acondicionador de aire absorbe el calor de una habitación y lo echa afuera, consumiendo una enorme cantidad de energía en el proceso. Como la electricidad se obtiene -principalmente- quemando combustibles fósiles, se produce una emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera que contribuye a acelerar el calentamiento global. O sea, el aire acondicionado puede lograr -paradojicamente- que cada vez haga más calor. Y sin embargo, no siempre fue así.

La gente solía pasarlo bien sin el aire acondicionado. En este almuerzo pintado por Renoir basta advertir que un simple toldo y la vegetación circundante, proporcionan la frescura necesaria para el disfrute de sus participantes.

Antes de la llegada del aire acondicionado (en una era posiblemente menos confortable que ésta), la gente utilizaba múltiples estrategias para mantener su casa fresca. De hecho, antes de que existiera el término ‘arquitectura bioclimática’ ya existían viviendas bioclimáticas.

Las casas se diseñaban aprovechando la dirección del viento dominante, que era utilizado para la ventilación natural de la vivienda. La orientación era vital, si se quería aprovechar al máximo la energía solar.

Grandes ventanales al sur (en el hemisferio norte) protegidos con voladizos garantizaban una ganancia solar directa en invierno, mientras que en verano permanecían frescos y sombreados (por efecto de los voladizos y la posición más alta del sol).

Los techos altos favorecían que las masas de aire caliente se situaran arriba, dejando una temperatura más fresca en las habitaciones. Las cúpulas, como la de la imagen, jugaban un papel tanto decorativo como funcional. A medida que el aire caliente ascendía y escapaba por el punto más alto, era remplazado por aire fresco procedente de la parte más baja de la casa, lo que proporcionaba ventilación y refrescamiento de manera natural. Las cúpulas, a modo de lucernarios, también dotaban de iluminación natural al interior de la casa, evitando el calor.

Los árboles de hoja caduca pueden proteger un muro de las inclemencias solares refrescándolo en verano con todo su follaje, mientras que en invierno, una vez perdidas las hojas, permiten el paso de los rayos solares que calienten tibiamente la vivienda. Esta solución funciona muy bien con fachadas orientadas al sur o a poniente. En ausencia de árboles, toldos y persianas también pueden jugar un papel similar.

Las cubiertas blancas reflejan la radiación solar, mientras que las de color negro la absorben en mayor medida recalentando innecesariamente la vivienda. Las cubiertas vegetales son, sin duda, la mejor opción para mantener fresca una vivienda en verano.

Alternativas low-tech como ventiladores o humidificadores de aire, también proporcionan una agradable sensación de frescor con un consumo mínimo de energía, si se comparan con los acondicionadores de aire. O una refrescante ducha.

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